lunes, 12 de diciembre de 2011

JUAN HIJO DE ZEBEDEO, APÓSTOL


JUAN, HIJO DE ZEBEDEO
JUAN, HIJO DE ZEBEDO
Pintura de EL GRECO

Juan, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago. Su nombre, típicamente hebreo, significa "El Señor ha hecho gracia". Se encontraba ordenando las redes a orillas del lago Tiberíades, cuando Jesús le llamó junto con su hermano. Juan siempre forma parte del grupo reducido que Jesús lleva consigo en determinadas ocasiones. Está junto a Pedro y Santiago cuando Jesús, en Cafarnaúm, va a casa de Pedro para curar a la suegra de este; también con ellos sigue al Maestro a la casa del archisinagogo Jairo, cuya hija será resucitada ; está a su lado en el monte de los Olivos cuando ante el imponente Templo de Jerusalén pronuncia el discurso sobre el fin de la ciudad y del mundo; y por último, le acompaña cuando en el Huerto de Getsemaní se retira a solas para rezar al Padre antes de la Pasión. Poco antes de la Pascua, cuando Jesús elige a dos discípulos para que preparen la sala para la Cena, él y Pedro son los encargados de esta tarea.

Esta posición relevante dentro del grupo de los Doce explica la iniciativa que un día tomó su madre: se acercó a Jesús para pedirle que sus dos hijos, Juan y Santiago, pudieran sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda en el reino.

Como sabemos, Jesús contestó con otra pregunta: pidió que ellos estuvieran dispuestos a beber del cáliz que él mismo iba a beber. La intención que subyacía a esas palabras era la de abrir los ojos de los dos discípulos, la de iniciarlos en el conocimiento del ministerio de su persona y la des simbolizarles la futura llamada a ser sus testigos hasta la prueba suprema de la sangre. De hecho, poco después Jesús precisó que no había venido para ser servido, sino para servir y dar su propia vida como pago a las gentes. En los días siguientes a la resurrección, volvemos a encontrar a los <<hijos de Zebedeo>> comprometidos con Pedro y algunos otros discípulos en una noche infructuosa, la pesca milagrosa: será <<el discípulo que Jesús amaba>> quien primero reconozca <<al Señor>> y quien se lo indique a Pedro.

Dentro de la Iglesia de Jerusalén, Juan ocupó un puesto relevante en la formación de la primera agrupación de cristianos. En efecto, Pablo le cuenta entre aquellos a los que llama <<columnas>> de aquella comunidad. Lucas, en los Hechos, le presenta junto con Pedro cuando van a rezar al templo o comparecen ante el sinedrio para testimoniar su fe en Jesucristo. También junto con Pedro cuando es enviado por la Iglesia de Jerusalén para confirmar a los que se han unido en Samaria al Evangelio, y reza por ellos para que reciban el Espíritu Santo. Es de destacar lo que afirma, junto con Pedro, ante el sinedrio que le está procesando: << pues nosotros no podemos no hablar de lo que hemos visto y oído>>. precisamente esta sinceridad al confesar su fe constituye un ejemplo y una advertencia para que todos nosotros estemos siempre dispuestos a declarar con decisión nuestra inquebrantable adhesión a Cristo, anteponiendo la fe a cualquier cálculo o interés humano.

Según la tradición, Juan es <<el discípulo predilecto>>, quien en el cuarto Evangelio apoya la cabeza sobre el pecho del Maestro durante la Última Cena, se encuentra a los pies de la cruz junto con la madre de Jesús y, por último, es testigo tanto de la tumba vacía como de la presencia del Resucitado. Sabemos que hoy día esta identificación es discutida por los especialistas, algunos de los cuales ven en él solamente el prototipo de discípulo de Jesús. Dejaremos a los exégetas que diriman esta cuestión y nos limitaremos a extraer una lección importante para nuestra vida: el Señor desea hacer de cada uno de nosotros un discípulo que vive una amistad personal con Él. Para realizar esto no basta con seguirle y escucharle exteriormente: también hay que vivir con Él y como Él. Esto solo es posible en un contexto de relación plena. Eso es lo que sucede entre los amigos; por eso Jesús dijo un día: << Nadie tiene un amor mayor que este: dar uno su vida por sus amigos...Ya no os llamo esclavos, porque el esclavo no sabe qué va a hacer su señor; en cambio, a vosotros os he llamado amigos, porque os hice conocer todo lo que oí a mi Padre>>.

En los apócrifos Hechos de Juan, el apóstol no es presentado como fundador de ciudades ni a la cabeza de comunidades ya constituidas, sino en continuo peregrinaje, como comunicador de la fe al encuentro con <<almas capaces de tener esperanza y de ser salvadas>>. Todo se mueve en el paradójico intento de hacer ver lo invisible. Y por eso él es llamado por la Iglesia oriental simplemente << el teólogo>>, es decir, aquel que es capaz de hablar en términos accesibles de las cosas divinas, desvelando un misterioso acceso a Dios mediante la adhesión a Jesús.

El culto del apóstol Juan se extendió desde la ciudad de Éfeso, donde, según una tradición antigua, trabajó largo tiempo y en la que murió a edad muy avanzada, bajo el mandato del emperador Trajano. En Éfeso, el emperador Justiniano, en el siglo VI, mandó construir en su honor una gran basílica, de la que todavía quedan unas imponentes ruinas. En la iconografía bizantina es representado frecuentemente como un anciano y en actitud de intensa contemplación, como invitando al silencio.

Y es que sin un adecuado recogimiento no es posible acercarse al misterio supremo de Dios y a su revelación. Eso explica por qué, hace años, el patriarca ecuménico de Constantinopla Atenágoras, a quien el papa Pablo VI abrazó en un memorable encuentro, llegó a afirmar: << Juan es el origen de nuestra espiritualidad más elevada. Como él, los "silenciosos"conocen ese misterioso intercambio de corazones, invocan la presencia de Juan y su corazón se inflama>> (O. Clément, Diálogos con Atenágoras, Turín, 1972, pag. 159).

De mi parte podemos tomar como oración esta expresión final con la que concluye Benedicto XVI la historia de la vida del apóstol Juan:  Que el Señor nos ayude a entrar en la escuela de Juan para aprender la gran lección de amor y así sentirnos amados por Cristo << hasta el extremo> y consumir nuestra vida por Él.

(Audiencia General, 5 de julio de 2006, plaza de San Pedro)

En este punto voy a extraer algunos de los pasajes que Benedicto XVI nos trasmite no sólo para un mayor aprendizaje de Juan, sino, para que podamos recorrer su camino. El camino que a través de sus escritos Juan nos quiso legar para la eternidad a los seres humanos de toda época, condición y lugar.


No transcribiré la textualidad de toda la riqueza que contiene este libro acerca de los Apóstoles, respecto, específicamente de Juan, para que puedan tener la gracia de acceder a él y tenerlo en sus manos para una y otra vez recorrerlo y redescubrir cada vez algo nuevo que hará nuevas nuestras esperanzas de fe.

En el día de (la audiencia general, 9 de agosto de 2006, Aula Pablo VI) Benedicto XVI dice:

..."Si hay un argumento característico que emerge de los escritos de Juan es el del amor. No por casualidad quise comenzar mi primera carta encíclica con las palabras de este apóstol: <<Dios es amor (Deus est charitas): si nos amamos mutuamente Dios permanece en nosotros, y su amor ha llegado en nosotros a su perfección>>.  Es muy difícil encontrar textos como este en otras religiones. Por eso este tipo de expresiones nos revelan un aspecto verdaderamente peculiar del cristianismo. Sin duda, Juan no es el único autor de los orígenes del cristianismo que habló del amor. Al ser este un constituyente esencial del cristianismo, todos los escritores del Nuevo Testamento hablan de ello, aunque sea con palabras diferentes.

Si ahora nos detenemos a reflexionar sobre este tema en Juan es porque él trazo con insistencia y de manera incisiva las líneas principales de este aspecto.

...No hace un tratamiento abstracto, filosófico, ni siquiera teológico, sobre lo que es el amor. No, él no es un teórico. En realidad, del verdadero amor, por su propia naturaleza, nunca es puramente especulativo, sino que implica una referencia directa, concreta y verificable hacia personas reales. Así pues, Juan como apóstol y amigo de Jesús nos muestra cuáles son los componentes o, mejor dicho, las fases del amor cristiano, un movimiento que se caracteriza por tres momentos.

El primero, hace referencia a la Fuente del amor, que el apóstol coloca en Dios, llegando, como hemos visto, a afirmar que << Dios es amor>>. Juan es el único autor del Nuevo Testamento que nos da una suerte de definición de Dios. Él dice, por ejemplo, que <<Dios es Espíritu>> o que <<Dios es luz>>. Aquí proclama con fulgurante intuición que <<Dios es amor>>. Nótese bien: ¡no afirma simplemente que <<Dios ama>> y tampoco que <<el amor es Dios>>! En otras palabras: Juan no se limita a describir la acción divina, sino que llega hasta sus raíces. Además, no pretende atribuir una cualidad divina a un amor genérico e impersonal; no parte del amor a Dios, sino que se dirige directamente a Dios para definir su naturaleza con la dimensión infinita del amor. Con esto Juan quiere decir que el constituyente esencial de Dios es el amor y que, por tanto, toda la actividad de Dios nace del amor y está marcada por el amor: todo lo que Dios hace, lo hace por amor y con amor, aunque no siempre podamos entender que eso es amor, el verdadero amor.

Ahora bien, en este punto es indispensable dar un paso más y precisar que Dios demostró su amor entrando en la historia humana mediante la persona de Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros. Este es el segundo momento constitutivo del amor de Dios. Él no se limitó a hacer declaraciones verbales,sino que, por decirlo de algún modo, se comprometió de verdad y <<lo vivió>> en primera persona. En efecto, como escribe Juan: <<Pues Dios amó de tal manera al mundo (es decir, a todos nosotros), que entregó a su Hijo Unigénito>>. A partir de entonces, el amor de Dios por los hombres se concretiza y manifiesta en el amor del propio Jesús. También Juan escribe: Jesús, <<habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo>>. En virtud de ese amor oblativo y total nosotros somos rescatados del pecado, como también escribe san Juan: << Hijitos míos...si alguno peca, tenemos un intercesor ante el Padre: Jesucristo es justo; y él es la víctima de expiación por nuestros pecados, y no por nuestros pecados solo, sino también por los del mundo entero>>. He aquí hasta donde llega el amor de Jesús por nosotros ¡hasta el derramamiento de su propia sangre para nuestra salvación! El Cristiano, ante la contemplación de este <<exceso>> de amor, no puede dejar de preguntarse cuál debe ser su respuesta.

...Esta pregunta nos introduce en un tercer paso de la dinámica del amor: como depositarios receptivos de un amor que nos precede y sobrepasa, estamos llamados al deber de una respuesta activa, que para ser adecuada solo puede ser una respuesta de amor. Juan habla de un <<mandato>>. De hecho, él refiere estas palabras de Jesús: << Os doy un mandato nuevo: que os améis mutuamente; que como yo os he amado, también vosotros os améis mutuamente>>.

¿En qué consiste la novedad a la que se refiere Jesús? En el hecho de que no se contenta con repetir lo que ya se exigía en el Antiguo Testamento y que también leemos en los demás Evangelios: <<amarás a tu prójimo como a ti mismo>>. En el antiguo precepto el criterio normativo partía del hombre (<<como a ti mismo>>), mientras que, en el precepto referido por Juan, Jesús presenta a su propia persona como motivo y norma de nuestro amor: <<como yo os he amado>>. Es así como el amor se hace verdaderamente cristiano, pues lleva en sí mismo la novedad del cristianismo: ya sea porque debe dirigirse hacia todos sin distinción, o sobre todo porque debe llegar has sus más extremas consecuencias, no teniendo más medida que el hecho de no tener medida.

Esas palabras de Jesús, <<como yo os he amado>>, nos invitan y al mismo tiempo nos inquietan; son una meta cristológica que puede parecer inalcanzable, pero también son un estímulo que no nos permite abandonarnos a lo que hemos podido conseguir. No nos consiente contentarnos con cómo somos, sino que nos impulsa a mantenernos en el camino hacia esta meta."

Les propongo que oremos al Padre junto con Benedicto XVI, extrayendo de sus últimas palabras de esta descripción de Juan de esta manera: Recemos al Padre para poderlo vivir, aunque sea de manera imperfecta, con una intensidad tal que podamos contagiar a cuantos encontremos en nuestro camino.

SANTIAGO EL MENOR, APÓSTOL



SANTIAGO EL MENOR
Santiago el menor
Pinrtura de EL GRECO

También el forma parte de la lista de los doce apóstoles elegidos personalmente por Jesús, y siempre se especifica que es <<hijo de Alfeo>. Se le ha identificado a menudo con otro Santiago, llamado << el Pequeño>>, hijo de una tal María que podría ser la ,<< María de Cleofás>>, presente, según el cuarto Evangelio, a los pies de la cruz junto con la madre de Jesús. Él también era originario de Nazaret y probablemente pariente de Jesús, de quien es llamado << hermano>>, conforme al uso semítico.

El libro de los Hechos subraya el importante papel que este último Santiago llevó a cabo en la Iglesia de Jerusalén. En el concilio apostólico allí celebrado después de la muerte de Santiago el mayor, afirmó, junto con los demás, que los paganos podían ser recibidos en la Iglesia sin tener que someterse a la circuncisión. San Pablo, que le atribuye una aparición del Resucitado, con ocasión de su viaje a Jerusalén le llega a llamar incluso antes que a Cefas-Pedro, calificándole de <<columna>> de esa Iglesia, a semejanza de él.

Tras esto, los judeocristianos le consideran su principal punto de referencia. A él también se le atribuye la carta que lleva el nombre de Santiago y que está incluida en el canon neotestamentario. No se presenta en ella como <<hermano del Señor>>, sino como <<siervo de Dios y del Señor Jesucristo)>>.

Entre los especialistas se debate la cuestión de la identificación de estos dos personajes del mismo nombre: Santiago, hijo de Alfeo, y Santiago, <<hermano del Señor>>. Las tradiciones evangélicas no nos han transmitido ningún relato de ninguno de los dos que haga referencia al período de la vida terrena de Jesús.

Los Hechos de los apóstoles, en cambio, nos informan de que un << Santiago>> desarrolló un papel muy importante, como ya hemos apuntado, tras la resurrección de Jesús, dentro de la Iglesia primitiva. 

La acción más relevante que llevó a cabo fue la intervención en la cuestión de la difícil relación entre los cristianos de origen hebreo y los de origen pagano: contribuyó, junto con Pedro, a superar, o mejor dicho, a integrar la primitiva dimensión judía del cristianismo a la exigencia de no imponer a los paganos convertidos la obligación de someterse a todas las normas de la Ley de Moisés.

El libro de los Hechos nos ha transmitido la solución de compromiso, propuesta por el propio Santiago y aceptada por todos los apóstoles presentes, en virtud de la cual a los paganos que hubieran creído en Jesucristo solo se les debía pedir que se abstuvieran de la costumbre idolátrica de comer la carne de los animales ofrecidos en sacrificio a los dioses, y de la << impudicia>>, término que probablemente aludía a las uniones matrimoniales no consentidas. En la práctica, se trataba de observar solo unas pocas prohibiciones, consideradas bastante importantes, de la legislación de Moisés.

De esta forma se lograron dos resultados significativos y complementarios, que todavía están vigentes: por una parte, se reconoció la relación indisoluble que une el cristianismo con la religión judía como su matriz perennemente viva y válida; por otra, se permitió a los cristianos de origen pagano conservar su propia identidad sociológica, que habrían perdido si hubieran sido forzados a observar los <<preceptos ceremoniales>> judíos: estos ya no se consideraban obligatorios para los paganos convertidos.

En resumen, se daba comienzo a una práctica de estima y respeto recíprocos que, a pesar de las lamentables incomprensiones posteriores, por su naturaleza pretendía salvaguardar cuanto era característico de las dos partes.

La información más antigua sobre la muerte de este Santiago nos la ofrece el historiador judío Flavio Josefo. En sus Antigüedades Judías, redactadas en Roma en la última etapa del siglo I, nos cuenta que el final de Santiago fue decidido de forma ilegítima por el sumo sacerdote Anano,hijo del Anás, citado en los Evangelios. Este aprovechó el intervalo entre la destitución de un procurador romano (Festo) y la llegada de su sucesor (Albino) para decretar su lapidación en el año 62.

Al nombre de Santiago, además del apócrifo Protoevangelio de Santiago, que exalta la santidad y la virginidad de María, madre de Jesús, está particularmente vinculada la carta que lleva su nombre. En el canon del Nuevo Testamento ocupa el primer lugar entre las denominadas << cartas católicas>>, es decir, destinadas no solo a una única Iglesia en particular -como Roma, Éfeso, etc.-, sino a varias. Se trata de un escrito bastante importante, que insiste mucho en la necesidad de no reducir la fe a una mera declaración verbal o abstracta, sino de expresarla concretamente en obras de bien. Además, nos invita a ser constantes en las pruebas que aceptamos con alegría y en la oración confiada, para obtener de Dios el don de la sabiduría, gracias a la cual llegamos a comprender que los verdaderos valores de la vida no están en las riquezas transitorias, sino en saber compartir los propios bienes con los pobres y necesitados.

Así pues, la carta de Santiago nos ensena un cristianismo muy concreto y práctico. La fe debe realizarse en la vida, sobre todo en el amor del prójimo y en particular en la dedicación a los pobres.

Con este trasfondo también debe ser leída la famosa frase: << Pues como el cuerpo, independientemente del espíritu, está muerto, así también la fe, independientemente de las obras, está muerta>>.

En ocasiones, esta declaración de Santiago ha sido comparada con la afirmación de Pablo de que Dios nos hace justos no en virtud de nuestras obras, sino gracias a nuestra fe. Ahora bien, las dos frases, en apariencia contradictorias por sus diferentes perspectivas, en realidad, sí se interpretan bien, se complementan. San Pablo desaprueba el orgullo del hombre que piensa que no tiene necesidad del amor de Dios, que nos protege, desaprueba el orgullo de la autojustificación sin la gracia regalada y no merecida. 

Santiago habla, en cambio, de las obras como fruto normal de la fe: <<Todo árbol bueno produce frutos buenos>>, dice el Señor. Y Santiago lo repite y nos lo dice a nosotros.

Por último, la carta de Santiago nos invita a abandonarnos a las manos de Dios en todo lo que hacemos, pronuciando siempre las palabras: <<Si el Señor quiere>>. Él nos enseña a no presumir de organizar nuestra vida de forma autónoma e interesada, sino a dejar un espacio a la impenetrable voluntad de Dios, que conoce lo que de verdad nos conviene. De este modo Santiago se convierte en un maestro de vida siempre vivo para cada uno de nosotros.

(Extraído de la Audiencia general del 28 de junio de 2006, plaza de San Pedro. Recogida por Benedicto XVI en su libro antes mencionado sobre los apóstoles,)

SANTIAGO EL MAYOR, APÓSTOL


SANTIAGO EL MAYOR
Pintura de EL GRECO - 1610

Las listas bíblicas de los Doce mencionan a dos personas con este nombre: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Santiago, hijo de Alfeo, que tradicionalmente se diferencian con los apelativos de Santiago el mayor y Santiago el menor. Estas designaciones no pretenden, por supuesto, medir su santidad, sino testimoniar la diferente relevancia que reciben en los escritos del Nuevo Testamento y, en particular, en el marco de la vida terrena de Jesús. Hoy dedicamos nuestra atención al primero de estos personajes homónimos.

El nombre de Santiago es la traducción de Iákobos, forma helenizada del nombre del célebre patriarca Jacob.

El apóstol así llamado es hermano de Juan, y en las listas citadas ocupa el segundo lugar justo después de Pedro, como en Marcos, o el tercer lugar después de Pedro y Andrés, en el Evangelio de Mateo y en el de Lucas, mientras que en los Hechos aparece después de Pedro y Juan .

Este Santiago pertenece, junto con Pedro y Juan, al grupo de los tres discípulos privilegiados que fueron reconocidos por Jesús en momentos importantes de su vida.

Él tuvo la ocasión de asistir, junto con Pedro y Juan, a la agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní y al suceso de la transfiguración de Jesús. Se trata de dos situaciones muy diferentes: en un caso, Santiago con los otros dos apóstoles experimentan la gloria del Señor, lo ve conversando con Moisés y Elías, ve transpirar el esplendor divino en Jesús; en el otro se encuentra ante el sufrimiento y la humillación, contempla con sus propios ojos cómo el Hijo de Dios se humilla y es obediente hasta la muerte.

Ciertamente, la segunda experiencia constituyó para él una ocasión para madurar su fe, para corregir la interpretación unilateral, triunfalista, de la primera: él tuvo que entender que el Mesías, esperado por el pueblo judío como un triunfador, en realidad no estaba solo rodeado de honor y gloria, sino también de tormentos y de debilidades. La gloria de Cristo se materializa precisamente en la cruz, con su participación en nuestros sufrimientos.

Esta maduración de su fe produjo por medio del Espíritu Santo en Pentecostés, de tal manera que Santiago, cuando llegó el momento del testimonio supremo, no se echó para atrás.

A comienzos de los años cuarenta del siglo I, el rey Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, como cuenta Lucas, <<se propuso maltratar a algunos de los que pertenecían a la Iglesia. Mató a espada a Santiago, el hermano de Juan>>. La concisión de la noticia, desprovista de cualquier detalle narrativo, revela, por una parte, cuan normal era para los cristianos testimoniar al Señor con su propia vida y, por otra, cuan preeminente era la posición de Santiago en la Iglesia de Jerusalén, también a causa del papel que desarrolló durante la existencia terrena de Jesús.

Una tradición posterior, que al menos remonta a Isidoro de Sevilla, cuenta su estancia en España para evangelizar a esa importante región del Imperio romano. Según otra tradición, habría sido su cuerpo el que fue transportado a España, a la ciudad de Santiago de Compostela. Como todos sabemos, ese lugar se convirtió en objeto de gran veneración y todavía es meta de numerosas peregrinaciones, no solo desde Europa, sino desde el mundo entero.

De ahí la representación iconográfica de Santiago con un bastón de peregrino y el rollo del Evangelio en la mano, atributos del apóstol itinerante y entregado al anuncio de la <<buena noticia>>, características también del peregrinaje de la vida cristiana.

De Santiago, por tanto, podemos aprender muchas cosas: su prontitud al recibir la llamada del Señor incluso cuando nos pide que abandonemos la <<barca>> de nuestras inseguridades humanas; el entusiasmo al seguirle por los caminos que Él nos indica más allá de nuestra ilusoria presunción; la disponibilidad para ser su testigo con valentía, si es necesario hasta el sacrificio supremo de la vida.

Así, Santiago el mayor constituye para nosotros un ejemplo elocuente de generosa adhesión a Cristo. Él, que al principio había pedido, a través de su madre, sentarse con su hermano junto al Maestro en su reino, fue el primero que bebió el cáliz de la pasión, que compartió con los apóstoles el martirio.

Y por último, podemos concluir que el camino, no solo exterior, sino ante todo interior, desde el monte de la transfiguración hasta el monte de la agonía, simboliza todo el peregrinaje de la vida cristiana, entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios.

(Texto extraído de la Audiencia general del 21 de junio 2006, plaza de San Pedro, recogido en el libro de Benedicto XVI antes mencionado).

SAN ANDRÉS APÓSTOL


SAN ANDRÉS
San Andrés Apóstol
Pintura de José de Ribera
Con autorización del Autor Erzalibillas para 
reproducir la imagen de la pintura, no teniendo
nada que ver con la publicación del contenido
de la vida de los Santos

La primera característica que llama la atención en Andrés es su nombre: no es hebreo, como se esperaría, sino griego, señal significativa de que su familia tenía cierta apertura cultural. Nos encontramos en Galilea, donde la lengua y la cultura griegas están bastante presentes En el elenco de los Doce, Andrés ocupa el segundo puesto, como en Mateo  y en Lucas, o bien el cuarto puesto, como en Marcos y en los Hechos. Sea como fuere, sin duda gozaba de cierto prestigio dentro de las primeras comunidades cristianas.

El lazo de sangre entre Pedro y Andrés, al igual que la común llamada que les hace Jesús, se señalan explícitamente en los Evangelios. Leemos: <<Venid detrás de mí, y os haré pescadores de hombres>>. En el cuarto Evangelio se recoge otro detalle importante: en un primer momento, Andrés era discípulo de Juan Bautista; esto nos muestra que era un hombre que buscaba, que compartía la esperanza de Israel, que quería conocer más de cerca la palabra del Señor, la realidad del Señor presente. Era un hombre de fe y de esperanza; y un día oyó a Juan Bautista proclamar a Jesús como el << cordero de Dios>>; entonces se movilizó y, junto al mencionado discípulo, siguió a Jesús, a Aquel que era llamado por Juan <<Cordero de Dios>>. El evangelista menciona: ellos <<fueron a ver dónde vivía, y aquel día se quedaron con él>>. Andrés, entonces, gozó de preciosos momentos de intimidad con Jesús. El relato prosigue con una significativa mención: << Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo: " Hemos encontrado al Mesías (que, traducido significa "Cristo")". Y lo llevó a Jesús >>, demostrando un espíritu apostólico fuera de lo común. Andrés, por tanto, fue el primero de los apóstoles llamado a seguir a Jesús. Precisamente por esta razón la liturgia de la Iglesia bizantina le honra con el apelativo de Protóklitos,  que significa precisamente "el primer llamado". Y, a causa de la relación fraterna entre Pedro y Andrés, la Iglesia de Roma y la Iglesia de Constantinopla se sienten hermanadas de forma especial. Para estrechar esta relación, mi predecesor, el papa Pablo VI, devolvió en 1964 la insigne reliquia de San Andrés, hasta entonces custodiada en la basílica vaticana, al obispo metropolitano ortodoxo de la ciudad de Patras, en Grecia, donde según la tradición el apóstol fue crucificado.

Las tradiciones evangélicas mencionan el nombre de Andrés en otras tres ocasiones, que nos permiten conocer un poco mejor a este hombre. La primera es la de la multiplicación de los panes en Galilea. En esa situación fue Andrés quien señaló a Jesús la presencia de un chico que tenía cinco panes de cebada y dos peces: muy poca cosa - observó él- para toda la gente concentrada en ese lugar. Merece ser destacado, en este caso, el realismo de Andrés: él advirtió al chico -por tanto, ya había formulado la pregunta: <<¿qué es para tantos?>>- y se dio cuenta de la insuficiencia de sus pocos recursos. Sin embargo, Jesús supo hacer que fueran suficientes para la multitud de personas que había acudido a escucharle. La segunda ocasión fue en Jerusalén. Al salir de la ciudad, un discípulo le mostró a Jesús el espectáculo de los poderosos muros que sostenían el Templo. La respuesta del Maestro fue sorprendente: dijo que de esos muros no quedaría ni una piedra. Entonces Andrés, junto con Pedro, Santiago y Juan, le preguntó: << Dinos cuándo será eso y cuál será la señal cuando todo eso vaya a acabarse>>. Para contestar a esta pregunta Jesús pronunció un importante discurso sobre la destrucción de Jerusalén y sobre el fin del mundo, invitando a sus discípulos a leer con precaución las señales del tiempo y a permanecer siempre vigilantes. De este suceso aprendemos que no debemos tener miedo a hacerle preguntas a Jesús, pero al mismo tiempo hemos de estar preparados para recibir las enseñanzas, aunque sorprendentes y difíciles, que Él nos ofrece.

En los Evangelios, por último, está testimoniada una tercera iniciativa de Andrés. El escenario también es Jerusalén, poco antes de la Pasión. para la fiesta de Pascua -cuenta Juan- llegaron a la ciudad santa algunos griegos, probablemente adeptos o temerosos de Dios, venidos para adorar al Dios de Israel. Andrés y Felipe, los dos apóstoles con nombres griegos, hacen de intérpretes y mediadores de este pequeño grupo de griegos ante Jesús. La respuesta del Señor a su pregunta parece -como sucede a menudo en el Evangelio de Juan- enigmática, pero precisamente por eso es rica en significado. Jesús les dice a los dos discípulos y, por medio de ellos, al mundo griego: << Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. De verdad os aseguro: si el grano de trigo al caer en tierra no muere, queda solo;  pero si muere, da mucho fruto>>. ¿ Qué significan estas palabras en este contexto? Jesús quiere decir: sí, el encuentro con los griegos tendrá lugar, pero no como una puntual y breve conversación con algunas personas, movidas principalmente por la curiosidad. Con mi muerte, comparable con la caída en el suelo de un grano de trigo, llegará la hora de mi glorificación. De mi muerte en la cruz vendrá la gran fecundidad: el <<grano de trigo muerto>> - símbolo de mí crucificado- se convertirá con la resurrección en pan de vida para el mundo, será luz para los pueblos y las culturas. Sí, el encuentro con el alma griega, con el mundo griego, se realizará con la misma profundidad del grano de trigo que atrae para sí las fuerzas de la tierra y del cielo y se convierte en pan. En otras palabras, Jesús profetiza la Iglesia de los griegos, la Iglesia de los paganos, la Iglesia del mundo como fruto de su Pascua.

Algunas tradiciones muy antiguas ven a Andrés, que transmitió a los griegos estas palabras, no solo como intérprete de unos cuantos griegos que se encontraron con Jesús, tal como acabamos de recordar, sino que lo consideran el apóstol de los griegos en los años posteriores a Pentecostés; estas tradiciones cuentan que a partir de entonces fue el anunciador e intérprete de Jesús para el mundo griego. Pedro, su hermano, llegó a Roma desde Jerusalén y a través de Antioquía para ejercer allí su misión universal; Andrés, por su parte, fue el apóstol del mundo griego: ellos, tanto en su vida como en su muerte, se compartan como verdaderos hermanos - una fraternidad que se expresa simbólicamente en la especial relación de las sedes de Roma y de Constantinopla, Iglesias verdaderamente hermanas.

Una tradición posterior, como se ha apuntado, relata la muerte de Andrés en Patras, donde también sufrió el suplicio de la crucifixión. En ese momento supremo, de forma análoga a como hiciera su hermano Pedro, pidió que le pusieran en una cruz distinta a la de Jesús. En su caso se trató de una Cruz aspada, es decir, con un cruce transversal inclinado, que por eso es llamada "cruz de San Andrés". Esto es lo que el apóstol dijo en aquella ocasión, según un antiguo relato (comienzos del siglo Vi) titulado Pasión de Andrés: << Hola, oh Cruz, inaugurada por medio del cuerpo de Cristo y convertida en adorno de sus miembros, como si fueran piedras preciosas. Antes de que el Señor subiese a ti, tú provocabas un  temor terrenal. Ahora , en cambio, dotada de un amor celestial, eres recibida como un don. Los creyentes saben, al mirarte, cuánta alegría posees, cuántos regalos tienes preparados. Así que seguro y lleno de alegría yo vengo a ti, para que tú también me recibas exultante como discípulos de quien estuvo colgado de ti...¡Oh, bienaventurada Cruz, que recibiste la majestad y la belleza de los miembros del Señor! Tómame y llévame lejos de los hombres y devuélveme con mi Maestro, para que a través de ti me reciba quien por ti me ha liberado. Hola, oh Cruz; si, ¡hola de verdad!>>.

Como e puede comprobar, en estas palabras hay una profundísima espiritualidad cristiana, que ve en la cruz no tanto un instrumento de tortura, sino más bien el medio incomparable de la plena asimilación al Redentor, al grano de trigo caído al suelo.

Y esto nosotros tenemos que aprender una lección muy importante: nuestras cruces adquieren valor si son consideradas y recibidas como parte de la cruz de Cristo, si nos unimos a ella a través del resplandor de su luz. Solo por esa cruz también nuestros sufrimientos son ennoblecidos y cobran verdadero sentido.

El Apóstol Andrés, por tanto, nos enseña a seguir a Jesús con prontitud, a hablar con entusiasmo de Él a cuantos encontramos, y, sobre todo, a cultivar con Él una relación de verdadera familiaridad, sabedores de que solo en Él podemos encontrar el sentido último de nuestra vida y de nuestra muerte.

(Audiencia general, 17 de junio de 2006, plaza de San Pedro)
Extraída del Libro publicado por Benedicto XVI "LOS APÓSTOLES y los primeros discípulos de Cristo"

SAN PEDRO APÓSTOL



SAN PEDRO APÓSTOL          y                           SAN ANDRÉS APÓSTOL



" Bordeando el mar de Galilea vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: "Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres. Al instante, dejando las redes, le siguieron."

Para hablar de ellos hay que poder escoger de algún lugar. Acerca del Santoral Cristiano, hay muchos autores que han escrito sobre Pedro y Andrés. Aparecerán en mi página la posibilidad de acceder a todo ese conocimiento que sumará al que yo quiero poder compartir con todos los que accedan a esta página.

Así que como en otros casos y dado que yo no soy una estudiosa Teológica, voy a dar paso a quién desde mi sentir puede ayudarnos a ver a estos dos discípulos de Cristo desde un lugar diferente.


SAN PEDRO APÓSTOL


La crucifixión de Pedro
Pintura de Caravaggio

Retomando entonces a Benedicto XVI, dice así: " .... El evangelista Juan, al relatar el primer encuentro de Jesús con Simón, hermano de Andrés, señala un hecho singular: Jesús, <<mirándolo, dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas ( que se traduce "Pedro")">>. Jesús no acostumbraba a cambiar el nombre a sus discípulos. Si exceptuamos el apelativo de <<hijos del trueno>> que dirige en un caso concreto a los hijos de Zebedeo y que no vuelve a usar, Él no atribuyó nunca otro nombre a ninguno de sus discípulos. En cambio, lo hizo con Simón, llamándole Cefas, nombre luego traducido en griego por Petros, y en latín por Petrus. Y fue traducido precisamente porque no era solo un nombre; era una <<orden>> que Petrus recibía del Señor. El nuevo nombre de Petrus aparecerá varias veces en los Evangelios y acabará sustituyendo al nombre originario de Simón.

El dato cobra especial relevancia si se tiene en cuenta que, en el Antiguo Testamento, el cambio de nombre por lo general anunciaba el encargo de una misión. De hecho, la voluntad de Cristo de atribuir a Pedro un papel especial dentro del Colegio apostólico queda demostrada en numerosas pruebas: en Cafarnaúm, el Maestro va a alojarse a casa de Pedro; cuando la multitud se arremolina en torno a él a orillas del lago de Genesaret, entre las dos barcas ahí atracadas, Jesús elige la de Simón; cuando en determinadas circunstancias Jesús se hace acompañar solo de tres discípulos, Pedro siempre es mencionado como el primero del grupo; así sucedió en la resurrección de la hija de Jairo, en la Transfiguración y, por último, durante la agonía del Huerto de Getsemaní. Y aún hay más: cuando se dirigen a Pedro los cobradores del impuesto del Templo, el Maestro solo paga por sí mismo y por él; Pedro es el primero al que lava los pies en la Última Cena, y reza solo por él para que no pierda la fe y pueda probar en ella a los demás discípulos.

Además, el propio Pedro es consciente de su particular posición: a menudo, en nombre de los demás, interviene pidiendo una explicación de una parábola difícil, o el sentido concreto de un precepto, o la promesa formal de una recompensa.  Él es quien resuelve ciertas situaciones al intervenir en nombre de todos. Así, cuando Jesús, dolido por la incomprensión de la multitud después del discurso sobre el <<pan de vida>>, pregunta: <<¿También vosotros queréis marcharos?>>, la respuesta de Pedro es perentoria: <<Señor, ¿a quién vamos a ir? Tienes palabras de vida eterna>>. Igualmente decidida es la profesión de fe que, también en nombre de los Doce, hace en Cesarea de Filipo. Cuando Jesús pregunta: <<Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?>>, Pedro responde: << Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios Vivo>>. En respuesta, Jesús pronuncia entonces la declaración solemne que define, de manera definitiva, el papel de Pedro en la Iglesia: << Y yo por mi parte te digo: y sobre esta peña edificaré mi Iglesia, y las puertas del averno no podrán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que ates en la tierra, quedará desatado en los cielos>>. Las tres metáforas a las que ´Jesús recurre son en sí mismas muy claras: Pedro será los cimientos de piedra sobre los que se apoyará el edificio de la Iglesia; él tendrá las llaves del reino de los cielos para abrirlo o cerrarlo a quien le parezca apropiado; por último, él podrá atar y desatar, es decir, podrá establecer o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y sigue siendo de Cristo. Siempre será la Iglesia de Cristo, y no de Pedro. Esto que está descrito con imágenes tan plásticas ilustra lo que la reflexión posterior ha calificado con el término de  <<primado de jurisdicción>>.

Esta posición preeminente que Jesús quiso conferirle a Pedro se verifica también después de la resurrección: Jesús les encarga a las mujeres que lleven el anuncio a Pedro, al margen de los demás apóstoles; hacia él y hacia Juan corre la Magdalena para informar de la piedra movida en la entrada del sepulcro, y Juan le cederá el paso cuando los dos lleguen ante la tumba vacía; luego será Pedro, entre todos los discípulos, el primer testigo de una aparición del Resucitado. Este papel, subrayado con decisión,  marca la continuidad entre su preeminencia en el  grupo apostólico y la preeminencia que seguirá teniendo en la comunidad nacida con los sucesos pascuales, como testimonia el libro de los Hecho. Su comportamiento se considera tan decisivo como para ser el centro de las miradas y también de las críticas. En el conocido Concilio de Jerusalén, Pedro desempeña una función directiva y, precisamente por ser testigo de la fe auténtica, el propio Pablo le reconocerá cierta cualidad de <<primero>>. Además, el hecho de que varios textos claves referidos a Pedro puedan ser interpretados en el contexto de la Última Cena, en la que Cristo le confiere a Pedro el ministerio de confirmar a los hermanos, muestra cómo la Iglesia que nace del memorial pascual celebrado en la Eucaristía tiene en el ministerio confiado a Pedro uno de sus elementos constitutivos.

Esta contextualización del Primado de Pedro en la Última Cena, en el momento constituyente de la Eucaristía, Pascua del Señor, indica también el sentido último de su Primado: Pedro, por todos los tiempos, debe ser el custodio de la comunión con Cristo; debe guiar en la comunión con Cristo; debe preocuparse de que la red no se rompa y pueda perdurar la comunión universal. Solo juntos podemos estar con Cristo, que es el Señor de todos. La responsabilidad de Pedro es garantizar la comunión con Cristo, con la caridad de Cristo, guiarnos en la realización de esta caridad en la vida de cada día.

Y como oración futura podemos decir junto a Benedicto XVI, el texto con el cuál concluye esta Audiencia general del 7 de junio de 2006 en la Plaza de San Pedro, que dice así:  " recemos para que el Primado de Pedro, confiado a pobres seres humanos, pueda ejercerse siempre con este sentido originario deseado por el Señor y pueda ser siempre reconocido en su verdadero significado por hermanos que todavía no están en plena comunión con nosotros.