lunes, 12 de diciembre de 2011

SAN ANDRÉS APÓSTOL


SAN ANDRÉS
San Andrés Apóstol
Pintura de José de Ribera
Con autorización del Autor Erzalibillas para 
reproducir la imagen de la pintura, no teniendo
nada que ver con la publicación del contenido
de la vida de los Santos

La primera característica que llama la atención en Andrés es su nombre: no es hebreo, como se esperaría, sino griego, señal significativa de que su familia tenía cierta apertura cultural. Nos encontramos en Galilea, donde la lengua y la cultura griegas están bastante presentes En el elenco de los Doce, Andrés ocupa el segundo puesto, como en Mateo  y en Lucas, o bien el cuarto puesto, como en Marcos y en los Hechos. Sea como fuere, sin duda gozaba de cierto prestigio dentro de las primeras comunidades cristianas.

El lazo de sangre entre Pedro y Andrés, al igual que la común llamada que les hace Jesús, se señalan explícitamente en los Evangelios. Leemos: <<Venid detrás de mí, y os haré pescadores de hombres>>. En el cuarto Evangelio se recoge otro detalle importante: en un primer momento, Andrés era discípulo de Juan Bautista; esto nos muestra que era un hombre que buscaba, que compartía la esperanza de Israel, que quería conocer más de cerca la palabra del Señor, la realidad del Señor presente. Era un hombre de fe y de esperanza; y un día oyó a Juan Bautista proclamar a Jesús como el << cordero de Dios>>; entonces se movilizó y, junto al mencionado discípulo, siguió a Jesús, a Aquel que era llamado por Juan <<Cordero de Dios>>. El evangelista menciona: ellos <<fueron a ver dónde vivía, y aquel día se quedaron con él>>. Andrés, entonces, gozó de preciosos momentos de intimidad con Jesús. El relato prosigue con una significativa mención: << Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo: " Hemos encontrado al Mesías (que, traducido significa "Cristo")". Y lo llevó a Jesús >>, demostrando un espíritu apostólico fuera de lo común. Andrés, por tanto, fue el primero de los apóstoles llamado a seguir a Jesús. Precisamente por esta razón la liturgia de la Iglesia bizantina le honra con el apelativo de Protóklitos,  que significa precisamente "el primer llamado". Y, a causa de la relación fraterna entre Pedro y Andrés, la Iglesia de Roma y la Iglesia de Constantinopla se sienten hermanadas de forma especial. Para estrechar esta relación, mi predecesor, el papa Pablo VI, devolvió en 1964 la insigne reliquia de San Andrés, hasta entonces custodiada en la basílica vaticana, al obispo metropolitano ortodoxo de la ciudad de Patras, en Grecia, donde según la tradición el apóstol fue crucificado.

Las tradiciones evangélicas mencionan el nombre de Andrés en otras tres ocasiones, que nos permiten conocer un poco mejor a este hombre. La primera es la de la multiplicación de los panes en Galilea. En esa situación fue Andrés quien señaló a Jesús la presencia de un chico que tenía cinco panes de cebada y dos peces: muy poca cosa - observó él- para toda la gente concentrada en ese lugar. Merece ser destacado, en este caso, el realismo de Andrés: él advirtió al chico -por tanto, ya había formulado la pregunta: <<¿qué es para tantos?>>- y se dio cuenta de la insuficiencia de sus pocos recursos. Sin embargo, Jesús supo hacer que fueran suficientes para la multitud de personas que había acudido a escucharle. La segunda ocasión fue en Jerusalén. Al salir de la ciudad, un discípulo le mostró a Jesús el espectáculo de los poderosos muros que sostenían el Templo. La respuesta del Maestro fue sorprendente: dijo que de esos muros no quedaría ni una piedra. Entonces Andrés, junto con Pedro, Santiago y Juan, le preguntó: << Dinos cuándo será eso y cuál será la señal cuando todo eso vaya a acabarse>>. Para contestar a esta pregunta Jesús pronunció un importante discurso sobre la destrucción de Jerusalén y sobre el fin del mundo, invitando a sus discípulos a leer con precaución las señales del tiempo y a permanecer siempre vigilantes. De este suceso aprendemos que no debemos tener miedo a hacerle preguntas a Jesús, pero al mismo tiempo hemos de estar preparados para recibir las enseñanzas, aunque sorprendentes y difíciles, que Él nos ofrece.

En los Evangelios, por último, está testimoniada una tercera iniciativa de Andrés. El escenario también es Jerusalén, poco antes de la Pasión. para la fiesta de Pascua -cuenta Juan- llegaron a la ciudad santa algunos griegos, probablemente adeptos o temerosos de Dios, venidos para adorar al Dios de Israel. Andrés y Felipe, los dos apóstoles con nombres griegos, hacen de intérpretes y mediadores de este pequeño grupo de griegos ante Jesús. La respuesta del Señor a su pregunta parece -como sucede a menudo en el Evangelio de Juan- enigmática, pero precisamente por eso es rica en significado. Jesús les dice a los dos discípulos y, por medio de ellos, al mundo griego: << Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. De verdad os aseguro: si el grano de trigo al caer en tierra no muere, queda solo;  pero si muere, da mucho fruto>>. ¿ Qué significan estas palabras en este contexto? Jesús quiere decir: sí, el encuentro con los griegos tendrá lugar, pero no como una puntual y breve conversación con algunas personas, movidas principalmente por la curiosidad. Con mi muerte, comparable con la caída en el suelo de un grano de trigo, llegará la hora de mi glorificación. De mi muerte en la cruz vendrá la gran fecundidad: el <<grano de trigo muerto>> - símbolo de mí crucificado- se convertirá con la resurrección en pan de vida para el mundo, será luz para los pueblos y las culturas. Sí, el encuentro con el alma griega, con el mundo griego, se realizará con la misma profundidad del grano de trigo que atrae para sí las fuerzas de la tierra y del cielo y se convierte en pan. En otras palabras, Jesús profetiza la Iglesia de los griegos, la Iglesia de los paganos, la Iglesia del mundo como fruto de su Pascua.

Algunas tradiciones muy antiguas ven a Andrés, que transmitió a los griegos estas palabras, no solo como intérprete de unos cuantos griegos que se encontraron con Jesús, tal como acabamos de recordar, sino que lo consideran el apóstol de los griegos en los años posteriores a Pentecostés; estas tradiciones cuentan que a partir de entonces fue el anunciador e intérprete de Jesús para el mundo griego. Pedro, su hermano, llegó a Roma desde Jerusalén y a través de Antioquía para ejercer allí su misión universal; Andrés, por su parte, fue el apóstol del mundo griego: ellos, tanto en su vida como en su muerte, se compartan como verdaderos hermanos - una fraternidad que se expresa simbólicamente en la especial relación de las sedes de Roma y de Constantinopla, Iglesias verdaderamente hermanas.

Una tradición posterior, como se ha apuntado, relata la muerte de Andrés en Patras, donde también sufrió el suplicio de la crucifixión. En ese momento supremo, de forma análoga a como hiciera su hermano Pedro, pidió que le pusieran en una cruz distinta a la de Jesús. En su caso se trató de una Cruz aspada, es decir, con un cruce transversal inclinado, que por eso es llamada "cruz de San Andrés". Esto es lo que el apóstol dijo en aquella ocasión, según un antiguo relato (comienzos del siglo Vi) titulado Pasión de Andrés: << Hola, oh Cruz, inaugurada por medio del cuerpo de Cristo y convertida en adorno de sus miembros, como si fueran piedras preciosas. Antes de que el Señor subiese a ti, tú provocabas un  temor terrenal. Ahora , en cambio, dotada de un amor celestial, eres recibida como un don. Los creyentes saben, al mirarte, cuánta alegría posees, cuántos regalos tienes preparados. Así que seguro y lleno de alegría yo vengo a ti, para que tú también me recibas exultante como discípulos de quien estuvo colgado de ti...¡Oh, bienaventurada Cruz, que recibiste la majestad y la belleza de los miembros del Señor! Tómame y llévame lejos de los hombres y devuélveme con mi Maestro, para que a través de ti me reciba quien por ti me ha liberado. Hola, oh Cruz; si, ¡hola de verdad!>>.

Como e puede comprobar, en estas palabras hay una profundísima espiritualidad cristiana, que ve en la cruz no tanto un instrumento de tortura, sino más bien el medio incomparable de la plena asimilación al Redentor, al grano de trigo caído al suelo.

Y esto nosotros tenemos que aprender una lección muy importante: nuestras cruces adquieren valor si son consideradas y recibidas como parte de la cruz de Cristo, si nos unimos a ella a través del resplandor de su luz. Solo por esa cruz también nuestros sufrimientos son ennoblecidos y cobran verdadero sentido.

El Apóstol Andrés, por tanto, nos enseña a seguir a Jesús con prontitud, a hablar con entusiasmo de Él a cuantos encontramos, y, sobre todo, a cultivar con Él una relación de verdadera familiaridad, sabedores de que solo en Él podemos encontrar el sentido último de nuestra vida y de nuestra muerte.

(Audiencia general, 17 de junio de 2006, plaza de San Pedro)
Extraída del Libro publicado por Benedicto XVI "LOS APÓSTOLES y los primeros discípulos de Cristo"

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